martes, 10 de marzo de 2009

LA TRADUCTORA

Una joven mujer
entra a la librería gritando.
Ella quiere que todos nos enteremos
de cuán interesante es su conversación.

Y no puede dejar de expresar,
pues le es imperioso y necesario,
que ya no es una tilinga:
Al parecer, ella es traductora.


Se ríe del libro de Caetano
traducido al castellano desde el inglés.
La voz del otro lado del aparato celular
no la acompaña

y ella queda en ridículo.
Mejor será cambiar de tema
y bajar la voz.

De pronto vuelve a gritar
como queriendo no crecer más de lo necesario
y enfatizando el artificioso hecho,

que su rostro contorsiona con esfuerzo,
para que todos creamos que su madurez
le ha venido desde el nacimiento.

Yo miro la calle.
Acaricio un libro a mi derecha.
Lo tomo y dejo correr sus páginas.
Lo huelo y deseo ella no se acerque.

Su voz estalla mi tímpano
y se revuelve mi estómago.
Quiere le busque un libro
que está aquí, es cierto,

pero que no se lo daré.
Es una tilinga.
No se lo merece.

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