Una joven mujer
entra a la librería gritando.
Ella quiere que todos nos enteremos
de cuán interesante es su conversación.
Y no puede dejar de expresar,
pues le es imperioso y necesario,
que ya no es una tilinga:
Al parecer, ella es traductora.
Se ríe del libro de Caetano
traducido al castellano desde el inglés.
La voz del otro lado del aparato celular
no la acompaña
y ella queda en ridículo.
Mejor será cambiar de tema
y bajar la voz.
De pronto vuelve a gritar
como queriendo no crecer más de lo necesario
y enfatizando el artificioso hecho,
que su rostro contorsiona con esfuerzo,
para que todos creamos que su madurez
le ha venido desde el nacimiento.
Yo miro la calle.
Acaricio un libro a mi derecha.
Lo tomo y dejo correr sus páginas.
Lo huelo y deseo ella no se acerque.
Su voz estalla mi tímpano
y se revuelve mi estómago.
Quiere le busque un libro
que está aquí, es cierto,
pero que no se lo daré.
Es una tilinga.
No se lo merece.
martes, 10 de marzo de 2009
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