viernes, 8 de enero de 2010

ANA SÓ (O DE CÓMO EMPECÉ CON ESTA WEÁ DE LA POESÍA)




(AUDREY KAWASAKI)


Se acaba diciembre y trabajamos como burros excitados:

¡Somos los renos alados de Mantra Claus!

¡Somos los sucios renos capados del Viejito Pajero!


Pensar debería quitar la amargura…

Me concentro. El calor aquilatado quiere decirme algo…
Es ella que vuelve, constante en la burbuja del recuerdo.


Se llamaba Ana y le decíamos Anita.


-Confío en las maldiciones de la infancia,
y doy garantías, pagarés y mis manos en el fuego
que hasta hoy mismo su marido, su madre, sus amigos
le siguen diciendo Anita…

Esos es destino, niña. Eso es tragedia, Ana-


Yo tenía 17 y ella 16.

Desde pequeña que estudiaba danza

-clásica, contemporánea, moderna: La que venga-
y tenía un cuerpo fascinante y un rostro perfecto.


Era delgadísima, de labios gruesos y ojos avellana,
pelo castaño y ondulado y medía lo justo
para llegar a mis labios y darme sus besos.


Siempre sonriendo Anita, siempre pecando ingenuidad
con la sonrisa: Una preciosura diamantina y brillante
que vivía al otro lado del Arroyo Del Rey:
Una perla intacta en el “pudridero”.


Ella me quiso mucho y yo la amé con medida.

Con ella perdí mi decencia y me convirtió en marinero.

Pero Anita tenía su maña:

No quería por nada del mundo mostrarme sus tetas.


Con Anita, que supo perdonar mis apuros,
aprendí a controlar mis eyaculaciones
y a contorsionar nuestros cuerpos
eligiendo las noches más duras del verano
para utilizar nuestro sudor como savia muscular,
saliva migratoria: Lubricación hindú del sofoco y el ruego.


Con Anita esculpimos con semen y vapores
las camas de nuestros hermanos,
nos acodamos en el rincón más pequeño del lavadero,
a las doce de un mediodía, mientras su madre
nos gritaba que el almuerzo estaba listo:
Con Anita siempre tuvimos la tentación y perspectiva
de profanar las sillas de mi madre, el living del abuelo,
la terraza de mis vecinos –compartiendo
los gemidos de los gatos-,
el baño de nuestros amigos
y todos los árboles de nuestro barrio:


Ser jóvenes era, aún, algo demasiado prematuro.

Nos gustaba cojer: Todo era, entre nosotros,
demasiado fantástico.

Pero ella seguía quitándome las manos
cuando siquiera me acercaba a sus pechos.


Anita, al principio, me prohibía encender la luz.

Luché con argumentos almibarados que salieron
directamente de mis testículos y fui ganando.

Primero, el velador con un pañuelo de tul.

Luego, el velador sin el pañuelo.

Al final podía verla desde
cualquier franco de la habitación…


Pero el brassiere… ese corpiño,
blanco y con puntillas,
negro y con encaje, rojo y liso,
siempre estaba en ella,
desde ella, protegiéndola.


Cansado de que mi paciencia no explotara
cierta noche le recriminé que no me dejara verlas.

“¿Qué cosas?”, preguntó ella.

Y dije yo: “Tus tetas. Nunca me dejás ver tus tetas,

¡y yo necesito verlas!”

Y Anita lloró largo y tendido,
desequilibrando al silencio y al ruido,
y me dijo: “¡Estúpido!
¡No te muestro mis tetas
por que no tengo!”


Anita sufría el complejo
de pequeñísimos pechos
y se avergonzaba tanto
que maldecía a su madre y le rogaba a Dios
pidiendo que su progenie

fuera desterrada del paraíso,
transplantadas su abuela y sus tías al infierno
por haber merecido, en vida, tanta desdicha:
Puro desconsuelo.


Luego del silencio y las caricias a oscuras,
luego de los días y las lluvias,
luego de hacer un enorme esfuerzo
por comprender el terrible daño
que le producía aquello,
volvimos a mi cuarto con la luz encendida.


Allí, y sin quererlo, descubriría lo que luego sería
mi otra y tan propia obsesión…


Por la tarde, antes que ella llegara,
tomé unas témperas y un pincel
y comencé a escribir en una
de las paredes interiores
de mi escritorio de madera
de pino plastificado.


Por la noche le tomé la mano, la invité
a sentarse a mi lado, apagué las luces
y con una linterna grande y negra
fui iluminándole los versos
de mi primerísimo poema

en el que le confesaba que la amaba
y que no podría vivir sin ella,
pero que necesitaba verla en su entereza,
en todo su esplendor,
para no sentirme excluido de su mundo
ni de su gloriosa belleza.


Aquel poema –así como Anita- se perdió
cuando se destruyó el escritorio en pedacitos
para que cupiera en los basureros.


Pero desde esa noche, Anita… Ana,
guardó sus brazos en su espalda
y el brassiere cayó vencido en el suelo.


Y yo… Yo quedé deslumbradísimo
al ver los pezones
más exquisitos del universo.



(Éste es un extracto de un poema algo más largo que escribí en víspera de la navidad pasada y que pueden leer completo bajándolo desde éste sitio clikeando aquí. Espero les guste, amiguetes!)

5 comentarios:

Tefilina dijo...

Ay!! pobre Anita... me identifico con ella... aunque no a tal extremo.

La forma que tenés de delinear a los personajes es genial.

No lo pude leer completo porque me abre un link que creo, no tiene nada que ver.

Che Pereyra dijo...

Che Tefi, sabés que sí: No funka el link. Es que soy un pescado para subir un pdf a la net. Hoy en la noche voy a ver qué onda, así puedes leerlo.

Gracias por tus comentarios!!!!
Abrazooss!!!

Milo Pratt dijo...

La narración corre perfecta, fluida y sútil.

ME gustó harto, muy bueno socio.

Yo andaré por chilito en santiago entre el 2 y el 21.

Ahi seguro armamos algún encuentro poetistico.

Un abrzo y gracias de nuevo por tus entusiasmantes comentarios!

Sil dijo...

me encanto, muy bueno! Anita un amor! y tu un dulce de leche

Che Pereyra dijo...

Gracias Sil, gracias Milo por sus comentarios! Gracias Tefi, también.

Un saludote para todos ustedes, gente linda!!