miércoles, 11 de marzo de 2009

LAS VENAS DEL RÍO

A Misiones, la linda colorá.



El agua cae silenciosa en la quebrada distante, lejos del hombre: cerca de la yarará gobernante.
Crepita el cristal eterno, dueño de su propio destino, y oigo llover dentro del salto donde otrora una hermosa india, con decisión final, abrióse el pecho con un filoso hueso de buey astillado, para dividir la tierra y unir sus aguas: Naciente encantado de su sangre derramada.
El agua marcha serena por el largo brazo que es el río, de infinitas venas ramificadas...
Donde sea que vayas, siempre habrás de encontrarlo a tu lado. Óyelo y no le preguntes nada: Él ya sabrá contarte su historia latente que atraviesa hasta tu propio cuerpo.
Óyelo. No lo nombres... Sólo así sentirás en tu ser el saber que, falto de palabras, te dirá que el río es más verdadero que tu verdadero padre, del cual hemos venido, al cual retornaremos.
Óyelo. Siéntelo. Nunca lo nombres. Porque este río, cualquier río, todos son hermanos, es un brazo que todo lo abarca: Un brazo, hermano, que nunca nada amarra.

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