sábado, 21 de marzo de 2009

TONELADA

Tengo que arreglar el viejo lavarropas. No

tengo un mango.
Ecuación lógica: sólo puedo sentarme

frente a él y pensar...
El último día de mayo murió gran parte

de mi felicidad.
Siempre digo lo mismo, pero allá fueron

nuestro sueños
que no llegaron a ser una realidad

ni por casualidad.
El aparato está silencioso, como todo

en esta casa,
incluyendo el sucio y meado garaje.
Sé que vos estás trabajando ahora y que

pronto lo dejarás.
Pero sé también que estás pensando, hace

tiempo, en las vacaciones
para podernos descolgar de esta dura

experiencia al menos por un rato.


Desconecté el enchufe. El tambor
ya no habrá de girar.
¡Qué estúpido pensar en algo así!
Pero cómo duele, también.
Todo me viene saliendo bastante mal.
Mis primarias y mis secundarias.
El desoír el primer y sentencioso consejo
de aquel primer odontólogo y no dejar
de tocarme los dientes con la lengua.
Los caninos están retenidos dentro de la
encía y muerden mi cuerpo como perros
de efervescente rabia desatada.
La cirugía es inminente, mi decisión al fin
es firme, pero la creciente demanda civil

y la eterna burocracia pública es tirana.
Apenas faltan tres días para volver
a cumplir mis años y no creo que tenga
la fuerza ni el oxígeno suficiente en mis
pulmones para creer en la mística de las velas...

Y tendré que volver a pensar en mis
deseos y en su tan aparente y débil
refutabilidad

Estoy sentado en la única comodidad
que poseo, una silla de oficina robada
por mi padre poco antes de renunciar
a su trabajo ultra-explotador y vender
hasta su temor para partir un diecisiete
de agosto.
En el mes que siguió, definitivamente
un siete de septiembre como hoy,
un avión levantó vuelo y en un asiento
contra la ventanilla viajaba mi madre
con unos enormes anteojos negros para
que ni el cielo ni el riachuelo pudieran ver
sus densas lágrimas caer.
Y yo no recuerdo cómo volví, ese día,
a mi casa. Creo que uno de mis hermanos
estaba conmigo, pero a él no lo vi llorar.


Ahora, mientras escribo, y creyendo
que lo hago certeramente al azar,
estoy escuchando “wowee zowee!”
de Pavement, pero en verdad no oigo.
Como el silencio que embargara mi alma
hace exactamente dos años atrás cuando
volvía muy solo a mi casa. Y confío en que
ha sido esa extraña sordera la que me ha
bloqueado el pensamiento, luego de ese
mediodía, para no lograr recordar
los detalles precisos de mi regreso solitario.

Ayer me dolía exasperantemente la cabeza,

pero pude dormir. Y ello es
la mejor aspirina que conozco.
Hoy sólo me queda la incongruente necesidad

de decirlo y de prenderme otro
cigarrillo y seguir recorriendo, versta a
versta, las arenas movedizas de éste mi
desierto.


Y aun sabiéndome asido por la rama
salvadora de aquel árbol, a la firme vera
de este lago sucio y terroso,
no puedo dejar de sentir que este día
es magníficamente doloroso.

Han pasado los minutos y el toma
corriente está vacío. El enchufe sigue
caído en el suelo oxidado por el agua y el
jabón perdidos. Mis dos perros hacen sus
minutos de silencio en favor y respeto por
mi mirar perdida en el aparato que acabó
por significar mucho más que la completa
falta de posibilidad y de dinero...
Y esta fecha es una tonelada que no me
deja llorar debidamente y por eso maldigo
el nefasto mito de la masculinidad.
Y acaso por ello es que hoy escribo esto si
entiendo que su razón es la de hacerme
hablar, silenciosamente, en el suspiro...


Feliz cumpleaños, M. Feliz... Feliz...

No hay comentarios: