Camino por la calle.
Veo a un hombre cruzarla,
y pretendo dilucidar su vida.
Generalmente, acabo algo decepcionado.
Entonces veo a un perro
y quiero ser él y como él,
y le ladro y dispongo mi ano
para ser reconocido.
Pocas veces tomo la micro,
donde los cuerpos se insultan en silencio
y las pieles se transpiran, se aprietan,y
oigo maldecir la torpezas del Transantiago.
Y una inocencia sonora
se me escapa de los labios
por saberme del Roca
asiduo ternero inmolado.
Entonces vislumbro un tordo bellísimo,
quieto en alguna rama,
usurpando un nido
y comienzo a gorgojear.
Y los invito a todos a compartir
participar del desenfrenado
esquizofrénico sonido gutural.
Cuando me bajan de la micro
les grito que el pájaro habla,
naturalmente, el africano;
levanto el puño cerrado y les increpo:
¿De dónde creen ustedes que han venido?
Asimismo me gusta presenciar
discusiones de parejas áreas
en el confortable interior
de sus autos Nisan o Daéuos.
Me causa ternura ver animales
tan indefensos.
Como leones adiestrados por los muebles
a exigir el té de las 5 -la cebra que les sirve
puede morder más y puede vivir menos-.
Entonces quiero subirme de un salto
al capó y detener su milimetrado movimiento
ni bien el semáforo torna verde,
y gritarles: “Dios ha muerto.
Lo mató, justamente, nuestro Federico”.
Y ellos harían bien en morderse,
lastimarse y desangrarse.
Pero pronto llegan los pacos
y me juzgan por ser mono.
Y los des–amados amantes me señalan
sugiriendo al carabinero pida mi boleta
migratoria o el número de mi seguro social.
Ellos rechazan mi obrar masturbatorio,
mis labios extendidos y mi culo pelado.
jueves, 14 de mayo de 2009
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