miércoles, 10 de junio de 2009

EL PUNK MÁS MISERABLE



¡Hace cuánto que no bailo!

¿Es este Tiempo
el tiempo de decir
que mi cuerpo acabó
por cubrirse de la corteza-coraza
que entregara por fin la madurez?

Antes, te acordás, no podía estar
sin pegar un bailecito.

En este momento,
oyendo a los brasileros de Uatki,
apenas se eleva un hombro sí
el otro no
y solo mi cabeza marca el compás...

Es que antes
los amigos eran verdadera,
inconscientemente amigos,
y uno y todos bailábamos
como quien sopla al fuego
para que éste no se apague.

Hoy ya no hay fuego
sino preocupaciones:
de que la “fiesta” no baje,
de que no falte el porro estético,
de “que alguien, ¡por favor!, se de cuenta de que voy creciendo”.
Y así, la música se aleja,
y se apiada en otras almas más libres,
que viven, incesantes, en la constancia de vivir.
Porque vivir es siempre una alegría

que nunca te permite pensar
en ir a bailar a una fiesta
donde imperioso es no bajar.

Si es el cuerpo quien se aquieta,
incómoda y nerviosa el alma,
ante sonidos fríos y aritméticos
que presumen lograr moverte los músculos...

Cuando el grito destartalado
del punk más miserable
de dos notas al cuadrado

te llena más el pecho
y te ataca menos a la panza
y no podés más que flotar
en la emoción del pogo...

En fin, cuando salís
de esas fiestas que nacen
ya desde abajo y abajo ya se quedan,
y se te arma una sonrisa en la cara

cuando volvés a oír
la musicalidad de las hojas
luego de la lluvia, en el verano que acaba,
en el otoño que llega

¿Allí, aunque sintiendo la quietud,
no te preguntás quién ha vestido
tu cuerpo de esta extraña
y sucia corteza-coraza?

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