Un submarino
comienza sufrir
los siniestros del océano.
La sal quema el hierro perforado,
abriéndose paso,
y es necesario cerrar un compartimento.
No es suficiente.
La mar atraviesa
y arrastra una venganza inexplicable.
Se cierra otro compartimiento.
Y otro, y otro más.
La sal sigue avanzando.
Y el océano comienza
a devorarlo todo.
En un último sector,
un hombre no recuerda
las razones de su violación
la pesadez de sus homicidios
las espinas y los clavos de su codicia
que corren, ahora,
por la frialdad de su sangre
Y termina por ahogarse,
doliente y sin recuerdos,
en los refugios clausurados
del ocaso submarino
que siempre fue su cerebro.
jueves, 30 de octubre de 2008
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