El Tiempo, cómo no saberlo,
es un heraldo oscuro
que nunca te pregunta
si querés acompañarlo.
Y aún conservando para sí
la información de lo pretérito,
su silencio principia
y acaba por humillarte.
La Verdad, cómo no verlo,
es una vieja desdentada
vestida en delgados tules
que ocultan su cadáver,
quien lo mueve bajo el secreto
de las telas para excitar
la incógnita nauseabunda
que te fuerza a seguir.
La Niñez, ahora lo siento claro,
es un Hércules insensato
que batalla durante doce años
para perder luego
ante la garrapata de la Vejez,
quien al nacer se hallaba prendida a tu cuello.
Vivir para llorar y amar para vivir
es un cociente sin ninguna lógica
miércoles, 18 de febrero de 2009
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